El sesgo del “feedback suave”: cuando la amabilidad se convierte en un freno profesional

La investigación demuestra que las mujeres reciben menos retroalimentación crítica y más comentarios emocionales. 

Una brecha silenciosa que este noviembre vuelve a ser relevante en España, en plena revisión de los sistemas de evaluación y transparencia de talento.

España vive un mes decisivo.
Las grandes empresas están actualizando sus modelos de evaluación del desempeño para alinearse con las nuevas exigencias europeas en materia de transparencia, trazabilidad de decisiones y detección de sesgos. Y lo hacen con un objetivo claro: que las promociones se basen en datos verificables, no en percepciones.

Precisamente en este punto, la ciencia aporta una alerta que no conviene ignorar.

Según el estudio de Selley & Rudman (2022), las mujeres reciben de forma sistemática un “feedback suave”: comentarios más benevolentes, menos directos y, sobre todo, menos útiles para avanzar. Lo que parece una muestra de cuidado se convierte, en la práctica, en una desventaja estructural.

La estadística es clara:
solo el 40% de las mujeres recibe feedback claro y accionable, frente al 60% de los hombres (McKinsey, 2024).
El resto son frases generales: “estás haciendo un buen trabajo”, “gran actitud”, “sigue así”.
Cortesía que no construye carrera.

El estudio de Selley & Rudman confirma lo mismo: la suavidad nace de un impulso de evitar incomodar, justo con quienes más necesitan información precisa para crecer.

Pero este paternalismo sutil tiene consecuencias profundas:
– limita la preparación para roles de mayor responsabilidad,
– distorsiona la percepción del potencial,
– y reduce la visibilidad del mérito real.

En un momento en que España revisa sus procesos internos para garantizar promociones trazables, criterios uniformes y culturas de liderazgo más maduras, la conclusión es evidente:
la igualdad no solo depende de normas, sino del tipo de conversaciones que permitimos dentro de las organizaciones.

Hablar con claridad no es dureza.
Es respeto profesional.
Y es el punto de partida para construir una meritocracia que funcione para todas las personas.

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