El efecto anestésico de la representación.

Cristina Ramos Gómez de Balboa, CEO de WOB

Hay datos que incomodan porque cuestionan nuestras certezas sobre el progreso. Este verano, la California Management Review publicó una investigación de Ayse Karaevli y Serden Özcan sobre 821 CEOs en Europa Occidental que obligan a mirar la diversidad desde un ángulo mucho más exigente.

El hallazgo es contundente: antes del nombramiento de una mujer como CEO, la presencia femenina en los niveles directivos inferiores crece a un ritmo del 3% anual. Tras el nombramiento, ese crecimiento se frena drásticamente hasta el 0,8%.

La lectura rápida sería pensar que cuando una mujer llega a la cima deja de apoyar a las demás, pero la realidad es más sutil y profunda: lo que ese dato refleja es el efecto anestésico que puede generar la representación.

Cuando se nombra a una CEO, la organización tiende a respirar aliviada. Siente que la meta está alcanzada, celebra el hito y, de forma casi inconsciente, relaja la tensión con la que impulsaba el talento en las capas intermedias. Hemos confundido la excepción con la norma y hemos creído que colocar una figura en la cima resuelve por sí solo las inercias invisibles de toda la estructura.

Ahí radica el problema de evaluar nuestro avance basándonos únicamente en la representación. Contar cuántas mujeres ocupan puestos de máxima responsabilidad nos ha servido para visibilizar el punto de llegada, pero la foto fija no nos dice nada sobre el camino. Un nombramiento de alto impacto genera una percepción de triunfo que puede enmascarar el estancamiento de quienes vienen dos o tres peldaños por detrás.

Tras años trabajando junto a directivas extraordinarias, compruebo que el freno no está en la falta de preparación o de resultados. Está en la velocidad con la que se acumulan las experiencias que realmente otorgan peso directivo: la responsabilidad directa sobre el negocio, la exposición ante decisiones complejas y ese sponsorship activo que hace que alguien pronuncie tu nombre en una sala de decisiones cuando tú no estás presente.

Por eso creo que ha llegado el momento de evolucionar esta conversación y poner el foco en el MOVIMIENTO.

El movimiento no es una cifra estática al final del año; es la tracción diaria. Es que una profesional asuma un proyecto que multiplique su visibilidad, es la decisión consciente de integrarla en una conversación estratégica antes de que ocupe el cargo formal. Estas dinámicas no generan grandes titulares ni comunicaciones corporativas triunfales, pero son el único motor real que determina quién estará en disposición de liderar dentro de cinco o diez años.

El estudio nos deja un recordatorio imprescindible: un gran nombramiento es un símbolo de progreso, pero jamás la garantía de que el sistema esté avanzando al mismo ritmo.

La representación nos enseña quién ha llegado, pero el movimiento nos revela si realmente estamos construyendo el camino para las demás. Es en la tracción invisible donde nos jugamos el verdadero impacto. 

Hacer que ese movimiento no se detenga nunca es la razón de ser de WOB y mi compromiso personal como CEO.

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