Los muros ya no son de piedra ni de hormigón. Son digitales, ideológicos, sociales. Y crecen en todas partes.
Un mapa de fracturas
En Reino Unido, miles gritan contra el derecho de asilo.
En Suiza, un joven migrante muerto desató disturbios y rabia.
En Torre Pacheco, la agresión a un hombre mayor se convirtió en excusa para incendiar la convivencia.
En Estados Unidos, el poder se blinda con soldados y discursos que buscan enemigos invisibles.
El patrón se repite.
La historia lo conoce bien: cuando hay incertidumbre, el miedo se disfraza de frontera.
Y los muros, visibles o invisibles, levantan la ilusión de seguridad mientras rompen lo que nos hace humanos: la comunidad.
Una mirada humanista
Cuando el cambio es acelerado —economía complicada, migraciones masivas, recortes de derechos—, emerge el miedo al “otro”.
Surgen linchamientos sociales que explotan cuando no existe empatía compartida. Ese pasado no está tan lejos; se reactiva con facilidad.
Un vídeo sacado de contexto circula más rápido que una verdad verificada.
Las plataformas sociales, lejos de conectar, polarizan. Alimentan el rumor, el prejuicio, el rally del odio viral.
Cuando los referentes silencian el debate ético, porque lo “complicado” da votos, el tejido social se quiebra.
La política deja el terreno libre al brutalismo del “nosotros contra ellos”.
La tecnología amplifica la sospecha.
La política se encierra en trincheras.
Lo colectivo se debilita.
El reto de nuestra generación
Los muros parecen proteger, pero solo aíslan.
El verdadero liderazgo no consiste en reforzarlos, sino en abrir puertas.
Ese es el gran reto de nuestra generación: no ser espectadores pasivos del miedo, sino protagonistas activos de la confianza.
Porque cuando elegimos abrir, creamos comunidad; cuando elegimos derribar, construimos futuro.