“La soledad de la alta dirección femenina: el riesgo que las empresas no están midiendo”

Seguimos hablando de diversidad como si fuera una cuestión de sensibilidad corporativa y hoy, ya no lo es. La igualdad ha entrado en una fase mucho más interesante: la de la evidencia. 

Ya no basta con declarar compromiso, hay que demostrarlo en los comités, en los consejos, en los planes de sucesión, en los presupuestos y en esas conversaciones informales donde tantas decisiones se toman antes de llegar a la sala de reuniones.

Y aquí está, para mí, una de las grandes trampas del debate: hemos puesto demasiado foco en la llegada y muy poco en la permanencia.

Celebramos que una mujer alcance una posición de poder, pero hablamos menos de lo que ocurre después. ¿Está en la conversación donde se define el futuro o solo en la mesa donde se presenta el resultado? ¿Puede decidir o simplemente representa?

Una silla, por sí sola, no transforma nada.

La regulación puede abrir puertas, las cuotas pueden acelerar procesos que durante décadas avanzaron demasiado despacio y los planes de igualdad pueden ordenar el camino, pero ninguna norma sustituye a una cultura bien construida. Y ninguna cultura cambia si no existe una arquitectura seria detrás: liderazgo, acompañamiento, visibilidad, medición, red, confianza y acceso al poder informal.

Porque el poder no siempre aparece en el organigrama. A veces está en una llamada previa, en una comida, en una recomendación, en una conversación de pasillo o en ese “pensamos en ti” que llega antes de que una vacante sea pública. Y si las mujeres no están ahí, la meritocracia se convierte en una palabra elegante para justificar inercias muy antiguas.

Por eso creo que el verdadero reto de las empresas no es “incorporar mujeres”. Eso es solo el principio. El reto es construir sistemas donde esas mujeres puedan crecer, influir, equivocarse, aprender, decidir y quedarse.

No se trata de ayudar a las mujeres como si fueran un grupo vulnerable dentro de la empresa. Se trata de corregir una pérdida de talento que las organizaciones no pueden permitirse. Porque cuando una compañía no sabe ver, desarrollar o retener liderazgo directivo femenino, no solo falla en diversidad: falla en estrategia.

La conversación corporativa necesita madurar, con menos campañas y más estructura. Menos declaraciones y más indicadores reales. 

Porque no faltan mujeres preparadas, lo que falta es arquitectura para que lleguen.

Y sobre todo, falta inteligencia corporativa para que permanezcan.

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